
Combinar nata y fresa es una buena idea para quien gusta de dulces. Y a mi me encantan. En este caso se han mezclado en un turrón. Buenísimo. El primer turrón de navidades. Un sabor especial por ser el primero del año. Legar al supermercado y verlo. Agua en la boca. Es mejor que todos los demás que comerás hasta que comiencen las rebajas. Un detalle sencillo. Disfrutarlo. Consejo dulce de la acidez. Los colores combinan muy bien. El casi blanco de la nata y el rosa de la fresa. Un poco de caramelo tostadito en medio. Es agradable a la vista y al paladar. Alegría desbordante Tranquilidad total. Por un trozo de turrón! Poco y mucho en la vida. Pedazo tras pedacito. En medio de este parque, casi exclusivo. Pensando y soñando. Soñando y pensando. Cuántas ilusiones con este turrón. La paz de estos días alimenta. Sin preguntar, sin buscar, sin forzar, fluye, llega, cuando tiene que llegar.
La cuestión es que ayer no se veía de la misma forma que hoy. La noche entre un día y otro se hace eterna. No siempre la nata y la fresa coinciden. Sin embargo, durante esta noche he ganado mucho más de lo que perdido. Lo que ha llegado vino para quedarse. Eso es lo que debo agradecer. Momentos distintos. El parque que he conocido (donde me como el turrón esta tarde), ha estado siempre en el mismo lugar, pero no lo le daba importancia. Ahora estoy aquí y me gusta todo. Lo que veo es lo que ya había. Hoy lo veo con otras motivaciones. Lo veo por mí misma. Porqué no he abierto la puerta antes?
Pasaba y nunca me quedaba. Oía el agua de la fuente. Era agradable. Hoy la veo de cerca y es mejor aún. Hoy dormiré con ese mismo sonido. Estar aquí es como estar en mi cueva. Puedo respirar mejor. La habitación no es estrecha y extiendo los brazos en libertad. El aire llega a cada rincón. Dejad que pase el aire. No puedo sino reírme con ellas. Cómplices en complicidad total. Igual que las fresas con nata. No es vivir vida ajena, es disfrutar y ser feliz por lo que ocurre a mi lado. Viviendo, intensamente, cada una a su ritmo, pasos cortos, largos, pisando suave o fuerte y, en algún momento dando saltos y casi casi volando. Todas iguales en ese suspiro que al unísono oigo. Todas con ganas de comer fresas con mucha nata.
Ahora son tres. Me rodean, las miro, las conozco. Más o menos tiempo. Aquí eso no cuenta. Cada una con su estilo. Idénticas en sus diferencias. Variadas variedades. Increíbles. En común tienen la mejor de las sonrisas. Alegría, alegría. Entre ellas no se conocen. No se ven. Alejadas. Separadas. Haciendo cosas muy distintas. Sin embargo, todas coinciden en el gusto por los zapatos. Vámonos de compras! Ahora mismo están estrenando pares muy dispares. Estoy sentada en la tienda, viéndolas, desde que empezaron a probárselos y dieron los primeros pasos para saber si eran cómodos o no.
Una ha salido con el primer par. Dejó ahí mismo los que llevaba puesto. Y eso que los llevaba hace un montón de años. Dice que eran buenos. Pero es lo que tiene. Se gastan los tacones, pierden sus formas, ya no se adaptan lo justo a los pies. Y en la esquina más insólita te encuentras con la tienda que exhibe en su escaparate los zapatos “de toda la vida” y que no pensabas usarlos nunca. La otra, se ha probado varios pares, a todos les encuentra un “detallín” que no convence. La más indecisa. La más miedosa. Se come las uñas mientras piensa. A cada paso una pregunta. Y qué hago? Y me los llevo? Y será qué…? Al final sale con el par más exótico del lugar. Y no ha pagado mucho.
Por último me quedo con lo picante de la tienda. Ha abierto cientos de cajas, los vendedores ya no saben que hacer con ella. Ha pasado, mirado, probado y hasta olido cada par. En eso somos iguales, todo debe entrarnos por todos los sentidos (aunque comer piel no se me da muy bien). Los busca de colores. Cuanto más raros mejor. No tengo apuro porque se decida. Sigo de espectadora. Sonriendo cuando me mira interrogante. Expectante cuando llega a contar que tal le sientan los zapatos. Sigo atenta, disfrutando con ellas de la compra que han hecho. Todo resultará de “buena piel”.
DR


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